jueves, 17 de junio de 2010

Cap 4(2)

Podría haberle dicho que también sentía algo por él. Que cada vez que pisaba las calles de aquel pueblo me temblaban las piernas pensando solo la idea de volver a verle. Que me daba igual Andrea y todo el mundo. Que me daba igual fallar a las personas. Que no me daba igual pedirle que se marchara. Pero no lo hice. Llegados a este punto, los trenes se habían marchado. No habíamos sido puntuales.

Andrés dejo todo lo que pudiera tener en la mano. Salió de la cocina y fue camino del pasillo, no le mire, no me di cuenta de su rostro, si lloraba o reía, si era feliz o infeliz. Me era más sencillo mentir y ser cobarde, que intentar abrir de nuevo mi corazón y sentirme alguien especial. Solo se que cogió sus cosas y se marcho. Cerró la puerta tras de sí. No salí a despedirle. No corrí a pedirle perdón, a decirle tantas cosas. Solo supuse que se marcho por el ruido de la puerta al cerrarse. No quedo nada en casa de él. Solo se quedaría en mi mente. Me recosté sobre la pared, aguantando la respiración. Lentamente me fui deslizando hasta quedar sentada en el suelo.

Me quedé allí, encogida en el suelo. Mirando a un punto fijo que ni yo misma sabia cual era. Permanecí en aquella postura, horas. Aguanté la ansiedad, la tensión, el dolor, el tiempo. Dejando que pasaran las horas, el tiempo. No lloré, como en estado de shock. En aquella estancia, rodeando mis piernas con mis brazos. Desbordada. Sin salir. Dejando que sonara el teléfono, dejando que llamaran a la puerta. Oscureció y se hizo de día nuevamente y yo, sin moverme, en la misma habitación y en la misma postura. Sin parpadear, sin dormir y sin querer respirar pero respirando. Y volvió a anochecer, y yo permanecí allí, quieta. Inmóvil. Sin ser fuerte. Sin querer sentir. Sin hablar. Sin decir nada. Sin pensar nada.

Ya no sentía ni el ruido de la puerta, ni el sonido del teléfono. Me evadí, como aquella tarde en la fiesta, mi cabeza ya no pensaba. Y entonces alguien abrió la puerta, y entro, gritando como loco.

- Silvia, Silvia! Por favor Silvia, contesta. ¿Donde estas?

Fue entonces cuando noté que alguien me zarandeaba, haciéndome volver en sí. Un familiar. Él tenía la cara desencajada, creo que estaba asustado. Fue entonces cuando las lágrimas aparecieron en mi rostro. No dije nada. Únicamente balbucee:
- Oh, no!

Fui consciente de que la persona que estaba allí era mi primo. Comenzó a respirar al comprobar que yo había reaccionado. Su novia trajo una jarra con agua y me obligo a beber. Por otro lado, mi primo cogió el teléfono y se dispuso ha hablar a través de el. Su novia, me instó a levantarme y me llevó al sofá. Allí me tire, y dejé que nuevamente, pasaran las horas.

El teléfono dejó de sonar, y la puerta dejo de ser tocada. Yo solo respiré y descansé. Cuando desperté, todo comenzó a ser como unos días atrás.

Los médicos, la medicación. La tensión, y las guardias. Cada día alguien distinto, pero Andrés no volvió. Pasaron los días y yo volvía a respirar. Al cabo de tres semanas había pasado por demasiados estados anímicos. Varios ataques de ansiedad, un desmayo, un estado de shock y varías cosas más. Me quedaban dos semanas de vacaciones, las cuales intenté que pasaran rápido. Me permití el lujo de hacer una vida... normal. La vida normal de una joven de casi treinta años de edad.

Salía a correr o a dar un paseo todas las mañanas. Ver a mis amigos. Visitar a mi familia. Salir ha hacer excursiones, conocer los pueblos de los alrededores. Tomar algo en una simple cafetería. Coger el teléfono cuando sonará.

Terminaron mis vacaciones, yo debía volver a casa; había pasado un mes y algo en el pueblo. De mediados de Agosto a finales de Septiembre. A principios de Octubre debía incorporarme a la firma para la que trabajaba. La mañana de mi regreso a casa, estaban todos en la puerta para despedirse. Todos menos Andrés. No le vi desde nuestra discusión. Para ser exactos, nadie le había visto, ni tampoco habían hablado con él.

Andrea lo único que decía es que estaba muy ocupado y que ella, apenas, también le veía. Porque con ella si que hablaban. Andrés no cogía el teléfono. Nadie decía nada, pero entre ellos circulaban los rumores.

No podía hacer nada. Echarle de mi vida había sido suficiente, tanto para él como para mí. Especialmente para él.

Cerrando las puertas, nadie podría entrar. Así nadie podría hacerme daño.

Cogí el coche, cargue las maletas y me despedí de todos. En el fondo no me aliviaba el hecho de volver a casa. Pero debía enfrentarme a todo, si de algo me había dado cuenta en ese mes y medio, es que no se podía huir de determinadas cosas, porque siempre estarían ahí. El camino a casa fue tranquilo. Disfrutaba viajar sola, aunque aquello me hiciera pensar. No pude evitar llorar, pero solo fueron unas lágrimas. Después, me serene y decidí, que todo en esta vida, tenía su fin.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que bonito....

Fede.

Maria Bel dijo...

Me encanta :)