viernes, 2 de julio de 2010

Cap 4 (3)

Llegue a casa. Todo estaba como siempre. Vivía sola desde hacía un par de años, y mi casa estaba tal y como la deje. Mis padres me esperaban para cenar. Decidí darme una ducha y vestirme. Al cabo del rato, revise el correo.

Salí de casa con unos vaqueros y una camiseta de tirantes. Agarre la rebeca por si al volver, hacía algo de frio. Y en el bolso, las llaves y el móvil encendido, por si alguien, decidía ponerse en contacto conmigo. Camine las calles de mi ciudad que llevaban hasta casa de mis padres, como si hiciera demasiado tiempo que no las pisara. En el fondo nada había cambiado. Yo seguiría siendo la misma durante mucho tiempo, no creo que ahora algo, o alguien, fuera a cambiarme.

De camino me encontré con mi hermana Lisa, su pelo rubio ondulado se mecía al compás de la brisa que soplaba aquella tarde. Había salido ya de trabajar y me cogió por detrás para soltarme un sonoro beso en la mejilla. Reí al verla, y ella rió al verme a mí, acto seguido dijo:

- Hola hermanita, ya era hora que dieras señales de vida. Me he aburrido mucho sin poder ir a verte y molestarte un poco.- Me sonrío y saco la lengua a modo de broma. Se intuía que era la pequeña de los cuatro hermanos. A pesar de tener los 20 años de edad, seguía teniendo momentos de niña.
- Si?? Me alegro, yo también me aburrido mucho sin poder pelearme contigo.

Me miro, no dijo nada más.

La cena, transcurrió como siempre. Entre los besos de bienvenida y los chismorreos de nuevos. Hacía demasiado tiempo que esas cenas resultaban incomodas. Y no únicamente por mí. Con el paso del tiempo, todos habían comprendido que yo, había dejado de darle importancia a determinadas cosas en la vida. Con el paso del tiempo, comprendieron que yo estaba ausente. Para ello no hizo falta mucho. Igual que para mí tampoco hizo falta mucho para comprender, que aquel, era el sitio donde menos deseaba estar. Mi madre con el paso de los años, desistió cualquier intento de entrar en mi interior y averiguar que me paso. Y mi padre, se dio cuenta, que yo hacía demasiado tiempo que había dejado de confiar en las personas.

Al terminar volví a mi casa. Mi hermano Alan suplico acompañarme, por alguna extraña razón se resistía a comprender el porqué de todo. Tenía 24 años, era gemelo de Jason, y siempre me había adorado. A decir verdad, yo también los adoraba. Los únicos. Reían continuamente. Cuando se dieron cuenta que yo ya no quería vivir, que yo ya no quería ser alguien, fueron los que decidieron que yo tenía que vivir. Comprendieron que debían protegerme, que debían cuidarme. Jason era un Licenciado en Económicas, con un postgrado en Análisis aplicados de los sistemas económicos; gran aficionado al deporte y un entusiasta de la vida; tenía una novia con la que llevaba desde que tenía creo que eran los 18. Era de cuerpo atlético y fibroso, con unos ojos enormes de color oscuro y un pelo alocado y rizado. En cambio, Alan era todo lo contrario, contaba con una Ingeniería Industrial, era tan alto como Jason, pero todo lo contrario a él, delgaducho y de aspecto frágil, adoraba montar a caballo y los días de sol. Era demasiado serio para los 24 años con los que contaba en su haber. Siempre le decía que viviera la vida, que no fuera como yo. Alan y yo, quizás fuéramos demasiado similares.

Una vez me dejo en el portal de mi casa, me dio un tierno, pero a la vez fuerte beso en la mejilla, me abrazo como hacia siempre y me susurro al oído:
- Te quiero, chiquitina.-

Me miro, sonrió burlonamente, y acto seguido giro sobre sus pies y se fue de vuelta a casa de mis padres, mientras se alejaba levantaba la mano a modo de despedida. Lo adoraba, era como el cielo que se abría cuando yo solo veía nubes. A partir de ese momento, me quedaba sola de nuevo. De hecho no me quedaba sola desde aquel malentendido Andrés, si es que se le podía llamar así. Para ser franca, cada vez que lo recordaba me quemaba, aquella sensación siempre había sido inevitable asociada a su persona. Por alguna vez en mi vida, me hubiera gustado sentir indiferencia. Subí a mi piso, un ático; al entrar lo mire todo detenidamente, estaba como siempre. Entre y me descalce en el umbral de la puerta. Tenía mi apartamento decorado en consonancia. Las paredes era generalmente en colores claros, cuando las vi, algo me hizo pensar en que debían repintar el piso, utilizar un color distinto. Los muebles del comedor eran en tonos oscuros; hacían contraste con el claro color de las paredes, al igual que los apliques de la luz del techo. Me dirigí hacia mi habitación, mientras encendía todas las luces. Mi habitación era sencilla, una cama de matrimonio, con el cabezal de hierro forjado en color blanco, siempre me habían gustado las camas así, el armario era imitación a antiguo también de color blanco, que configuraba esa armonía. Sin embargo, toda esa claridad, chocaba con la ropa de cama de colores eléctricos que había elegido. En una de las paredes, al lado opuesto donde se hallaba situado el amplio armario, tenía un espejo largo y grande y a su lado, un galán de noche, había sido una fortuna encontrarlo en color blanco. Todo ello daba una sensación de paz y tranquilidad.

Teniendo el piso totalmente iluminado. Antes de llegar al dormitorio, pase por la salón y encendí la televisión. Luego, me dirigí tranquilamente al dormitorio. Me senté en mi cama, revisando en mi memoria todo lo ocurrido, cansada. Era hora de cambiar el pensamiento. De olvidarme de todo. Me había dado cuenta de que no podía seguir así.

Me desvestí y me puse un fino pijama, de pantalón largo y camiseta de tirantes, aun de verano. Salí de la habitación, andando descalza, era una manía que había adquirido con los años, desde que era pequeña, y seguramente, nunca la cambiaría. Apague la luz, y fui al salón, a ver la televisión, aun no me apetecía dormir. Odiaba la monotonía, aunque inverosímilmente, me había convertido en seguidora de la misma desde que termine la carrera y me adentré en el mundo laboral. Mi trabajo, Ahren; no había hablado con él desde que me visito la noche que volví del hospital. Después me marche sin decir nada. Él no llamó.

Me acurruque a un lado del sofá, sin pensar en nada, únicamente por ver algún programa de los que echaran en la televisión, me daba igual que fuera algo o no que mereciera la pena. Dejé el móvil sobre la mesa, con volumen. Al final, empezó una película. Antes, me levanté y cerré un poco la cristalera que daba a la terraza, la suave brisa de finales de verano siempre me provocaba una ligera sensación de frio. Después de llevar un tiempo con la vista fijada en la televisión, cada vez me resultaba más difícil mantener los ojos abiertos, llegó un momento en que los parpados empezaron a resultar cansados, intenté seguir despierta, para captar el hilo argumental de la película, pero finalmente, cedí.

Íbamos en el coche, ella riendo, hacía sol y yo llevaba puestas mis gafas de sol. Sam llevaba sus gafas de vista y tenía el pelo recogido. No recuerdo que estábamos hablando, pero en un momento… Alguien nos sorprendió de frente, intento esquivarle, pero no pudo. Nos dimos con ese coche, dimos tres vueltas de campana. Quedamos con el coche boca abajo. Yo, estaba con el cinturón puesto, note como alguien me arrastraba y me sacaba fuera, ¿quién? Después, me desfallecí.

Me levanté sobresaltada, hacia semanas que no soñaba con el accidente, demasiado tiempo. Pero esta vez había ido más allá, no salí yo misma del coche, alguien me saco. Me levante y mire el reloj, la una de la madrugada, solo habían pasado dos horas, no podía volver a dormir. Siempre me costaba conciliar el sueño después de soñar con el accidente. Me dirigí hacia la cristalera. Estaba inquieta. Entonces, me acerque a la mesa y cogí el móvil. Luego, marque. Lo cogieron a los dos tonos.

Hola… Lo siento… Umm, lo sé… Siento no haberte llamado en estas semanas, necesitaba estar sola… Sé que no es excusa, pero… estoy en casa, y no me gustaría estar sola, sé que no debería pedírtelo, pero, por favor, podrías venir a pasar la noche conmigo… Gracias.

Sé que tendría que pagar un precio quizás algo alto, por la llamaba que acababa de hacer, pero no me apetecía estar sola, como en tantas otras veces anteriores, revise que todo estuviera en orden, pero esta vez no me hizo falta andar como loca recogiendo todo. Esta vez, estaba todo en perfecto estado. Fui al cuarto de baño y comprobé que mi aspecto, estuviera más o menos presentable. Me retoque un poco el pelo y me lavé la cara. Me la seque y acto seguido, me fui al comedor. Como tantas otras veces, me sentía nerviosa por verle. Me fui a la terraza, a sabiendas que tendría frio en ella, pero adoraba ver la ciudad de noche, con sus luces y todo el ajetreo de un viernes noche. No tuve que esperar mucho más, a los cinco minutos de estar en la terraza, helada de frio, sonó la puerta.

Al abrirla, ahí estaba él, como una estatua en el umbral de la puerta de mi apartamento. Vestido con unos vaqueros y una camiseta. Sin chaqueta. Tenía cara de soñoliento, y llevaba puestas sus gafas de vista. Me quede mirándole, sintiéndome culpable por no haberle dicho nada al marcharme. Balanceándome sobre mis pies, como si fuera una niña que no hubiera roto un plato en su vida. Me fije que esperaba alguna clase de bienvenida, entonces dije:

- Hola!.-Le dedique una de mis mejores sonrisas a Ahren, por si conseguía aliviarle un poco. contesto
- Hola.- Iba a decirle algo, como un lo siento, o perdóname, pero me hizo un alto para que callara, entonces dijo.- No lo vuelvas a hacer.

Para ser alemán, Ahren hablaba demasiado bien español, tanto, que me asusto. Me recordaba a mi padre cuando era una quinceañera. Tenía treinta y un años, era tres años mayor que yo. Rubio y esbelto, todo lo contrario a los hombres con los que siempre me había relacionado. El era fuerte, alto, con buen cuerpo. Vivía aquí con Giselle, su hermana, y sus padres residían en Hamburgo, una ciudad situada al norte de Alemania y que limitaba con el Mar del Norte. Ahren adoraba su ciudad, y siempre que podía me contaba alguna historia sobre ella. Había venido a España a estudiar un Máster y se terminó quedando. Trabajábamos juntos desde hacía unos cuatro años, y nos compenetrábamos a la perfección. Me di cuenta que estaba más serio que de costumbre, y comprendí, que llevaba bastante tiempo haciendo algunas cosas mal.

Me acerque a él buscando su perdón, mirándole a los ojos. Sin darme cuenta, un par de lágrimas aparecieron en mis ojos, y entonces le dije:
- Lo siento, Ahren. Necesitaba estar sola.- Se acerco a mí, y me abrazo, luego dijo:
- Lo sé cielo, pero estaba preocupado.

Ahren entro dentro del apartamento y siguió abrazándome, siempre sabía en momento justo en que tenía que abrazarme. Aquello me recordaba a alguien. Lo hacía sin yo tener la necesidad de hablarle. Era algo que me gustaba, me sentía protegida. Le mire a los ojos y le bese, tiernamente. Luego le dije:
- Gracias por venir, perdóname.

Ahren no dijo nada, solamente me miro y me volvió a besar. Yo comencé a aferrarme a su cuerpo. El me abrazaba con fuerza, fuimos al sofá, me senté apoyada en su torso, aferrándome a él. Buscándole. Me levanto la cara, y me beso en los labios, cada vez con más intensidad. Cuando nos dimos cuenta, yo estaba intentando quitarle la camiseta, mientras él se desabrochaba los pantalones, luego, me quito los míos, me levanto y me llevo en brazos hasta el dormitorio. Me coloco sobre la cama con cuidado y comenzó a acariciarme. Yo me sentía torpe, como si fuera la primera vez que vivía aquella situación él, aunque no fuera así. Al cabo de un rato, caímos los dos rendidos.

Me dormí abrazada a él.

1 comentario:

XOXO-productions dijo...

las inconquistables la novela de la que todos estan hablando ¿..te atreves a entrar...? http://xoxo-productions.blogspot.com/